¿Dónde están pasando esa película? ¿En el Diana o el Reforma?

Hace unas semanas escribí en esta columna razones por las que algunas personas (entre los cuales me incluyo) se han alejado de los complejos cinematográficos. Ese tema da para extensos estudios antropológicos.


 

Pero esta vez no volveré a mencionar sobre conductas del público y empresarios que han modificado el gusto por asistir a las salas de cine. Hoy amables lectores/as escribiré sobre diferencias notables que a un servidor le tocaron vivir y que quizás algunos/as recordarán con agrado y uno que otro/a millenial se sorprenderá de lo que pasaba antes en ese ritual que consistía la asistencia al cine hace décadas.

Primeramente debo ubicar en contexto a quien esté leyendo esta columna, puedo decir que yo soy de la generación de los “5 cines” y estos  fueron El Reforma, El Diana, Cinema Culiacán 70, El Gemelos (con 2 salas, después se convirtió en “cuatrillizo” y la Sala Lumieré (para personas que gustaban del cine de arte). Así pues, no teníamos muchas opciones de donde escoger pero bastaban para hacer memorables los momentos en esos lugares.

Para iniciar, tendría que citar el tiempo que tardaban en llegar los estrenos a Culiacán desde el Distrito Federal, que era donde se proyectaban (y generalmente lo siguen haciendo) primero las películas. Es decir, tu primo o amigo que se iba de vacaciones en verano, regresaba y te contaba que había visto El Regreso del Jedi (Richard Marquand 1983) y pasaban ¡meses! para poder ver esa misma película aquí en Culiacán. Parecía que los estrenos viajaban en correo postal (el que se entrega todavía en bicicleta).

Es digno recordar que el cine ofrecía la bondadosa elección llamada “Permanencia voluntaria”, es decir, podías quedarte en la sala de cine el tiempo que quisieras. Algo que a veces era atractivo porque tener una videocasetera, ya ni se diga conseguir una película de estreno era sumamente difícil en ese tiempo. Claro, cuando se trataba del éxito taquillero del momento, es decir largometrajes como  E.T. El extraterrestre (Steven Spielberg 1982), Superman (Richard Donner  1978), Ghostbusters (Ivan Reitman 1984) o hasta El Chanfle (Enrique Segoviano 1979) se suspendía totalmente la permanencia voluntaria para que pudiera ingresar más público y por lógica, más ganancia en la taquilla.

Algo que hoy es impensable que suceda en una sala de cine son las que se conocieron como “funciones dobles”. Estas consistían en que por un boleto podías ver 2 películas en la misma sala (no es que de una sala te pasaras a otra. De hecho, solo El Gemelos tenía dos) pero no vayan a creer que esto era ventaja, al contrario; era seguro que una de las películas fuera el éxito del momento y la otra fuera un churro que durante su estreno nadie fue a ver. Por ejemplo, cuando asistí a ver el Karate Kid (John Avildsen 1984) antes tuve que aventarme completa la película Tú iluminas mi vida (Joseph Brooks 1977) un filme que se había estrenado 7 años antes y que no tenía nada que ver con adolescentes tirando “karatecazos”. Esas funciones dobles se reducían a una sola película cuando se trataba de filmes muy taquilleros (como los arriba ya mencionados en esta entrega). Aunque la función doble servía para que entre la proyección de una película y otra los asistentes fueran a la dulcería. Los dueños de los cines (empresarios a fin de cuentas) cuando solo se proyectaba una película; idearon la manera de no perder esas ventas. A esta solución la llamaron: El intermedio.

El intermedio consistía en detener la película en determinado tiempo, casi siempre en la mitad de la historia para que las personas pudieran ir a la dulcería o quizás al baño. Así el filme estuviera en el clímax de la historia, de repente aparecía en pantalla la leyenda “Intermedio”, se encendían las luces de la sala y acto seguido se escuchaba la rechifla de algunos pero el grito de júbilo de los más pequeños. Ya que eso significaba para la mayoría de los niños ir a la dulcería o ponerse a correr por todo el cine. Por eso era común que terminado el intermedio (que duraba pocos minutos), se volvían a apagar las luces y no faltaba la madre con sus gritos de “Juaniiiito” o “Pedriiito” y media sala respondiéndole entre risas.

La compra de boletos, válgame la redundancia…era otro boleto. Olvídense de las reservaciones y selección de lugar desde un Smartphone o computadora. Las entradas solo se vendían en taquilla. Quizás muchos pensaran que se hace lo mismo en la actualidad, en parte es afirmativo;  pero con la única diferencia es que si el filme en cuestión era de los llamados “blockbusters”; se  tenía que hacer fila con bastante tiempo de anticipación para comprar las entradas. Incluso tanto familias como grupos de amigos mandaban a alguien una o hasta dos horas antes de la función para poder comprar los boletos. Era como estar en una batalla y mandar al frente a “la avanzada”. Ya ingresando a la sala era común ver prendas de ropa, carpetas, bolsas de palomitas y periódicos encima de las butacas para marcar propiedad. No había numeración en los asientos, solo se podía confirmar la reservación del lugar con la pregunta de “¿Están ocupadas estas butacas?”

Aunque hoy los complejos cinematográficos puedan presumir de tener 14 salas, con pantallas IMAX y servicio de restaurante dentro de sus salas, jamás podrán igualar a esos antiguos cines que tenían ¡planta alta y baja! Era como asistir a un estadio (claro, no en dimensiones tan grandes) y con sus mismos riesgos; que a los que preferían o les tocaba la planta baja, eran propensos a recibir lluvia de palomitas, envolturas de dulces y vasos con refresco…si bien les iba.

Algo que era necesario para asistir al cine y ver películas en inglés (porque raramente llegaban en otro idioma) era la comprensión lectora de cada persona, no importaba si eras niño o adulto. Si bien  una que otra película animada era proyectada con doblaje en español, el resto de todos los filmes hablados en inglés eran SUB-TI-TU-LA-DOS al español (obviamente). Tenías que ver en pantalla, leer y procesar rápido porque según la trama, los diálogos podían cambiar rápido. Hoy si alguien quiere ver una película en su idioma original y subtitulada, resulta algo difícil, ya que esas funciones están reservadas a una o dos salas de las 14 de un complejo y con horarios nocturnos que mejor optas por irte a un bar o a dormir. 

Quizás, para muchas personas las salas de cine actualmente ofrezcan mejor calidad en infraestructura y comodidad para el público. Sonido e imagen de calidad, dulcerías que ofrecen una variedad extensa de golosinas e incluso comida, compra boletos y reservación de butacas desde nuestra casa, es bastante cómoda…pero le falta lo que tenían los “cines de antes”…alma.